domingo, 22 de abril de 2012

Ansié hacerlo. Tenía que hacerlo. Me prometí hacerlo. Era un día soleado, tranquilo y con brisa olor a hierba. Salí de mi casa sin más cosa que una manzana y fui directa al prado que había detrás de la casa de la señora Debbon. No había nadie, era todo un desierto verde y tranquilo, terroríficamente bello. Busqué un árbol diferente, me cansaba de irme siempre al que tenía la rueda colgando; no quería rememorar más mi infancia ya perdida. Una vez encontrado, me tumbé y cerré los ojos y quise escuchar el silencio. Se oía la brisa agitar las hojas, algunos pájaros chistar y, si me concentraba mucho, podía escuchar el agua del riachuelo que había a lo lejos. Pasados unos minutos, tanta tranquilidad me empezaba a incomodar, era algo tan perfecto que no parecía ser real. Sin quererlo, volvieron a mi mente todos esos recuerdos, todos aquellos sueños. Recordé una vez más que aún seguía sin entender porque el corazón de las personas dejaba de latir en algún momento y menos aún por qué el mío dejaría de hacerlo antes de lo normal. Me volvía a preguntar por qué debía ser yo, si había hecho algún mal para ser castigada así. Me incorporé, grité y tiré la manzana lejos llena de rabia. Pregunté "¿por qué a mí?" y nadie me respondió. Se seguía oyendo el agitar de las hojas, el chistar de los pájaros. Notaba las lágrimas caer por mi cara. Ya lo había hecho, ya podía tachar eso en mi lista, hice una de las cosas que me prometí pero había salido mal, como tantas veces pues nunca podría olvidar el echo de que alguien tenía en su mano un reloj de arena, viendo como esta caía y que cada granito era una porción de lo que me quedaba. Por muchas cosas que hiciera, por mucho que quisiera disfrutar no podía, porque esa idea me atormentaría "siempre". Una palabra muy relativa porque yo ya era más que consciente que esa palabra "nunca" era cierta. Pero debía intentarlo una y otra vez. Después de todo, debía aprovechar el tiempo.

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