Llueve y el agua se desliza lentamente por la ventana. Espera, esa frase ya la usé. ¿Qué no será porque siempre, la lluvia, es igual? Es algo que no se repite constantemente pero cuando lo hace sigue una monotonía. Monotonía en las almas, monotonía en los corazones. Sí, porque cada vez que me siento a ver la lluvia caer, afloran los mismos pensamientos, los mismos sentimientos que la última vez. Automáticamente en mi cabeza, mientras procesa el sonido de la lluvia, empieza a crear una leve melodía, con notas melancólicas que hacen más emotivo el momento.
Cuando creo que me he hecho suficiente daño, me separo de la ventana y me tumbo en mi cama. Cierro los ojos y me obligo a matar esos sentimientos, como tantas veces he hecho. Antes me costaba, ahora ya es tan fácil... Me he convertido en la pieza de hielo que tanto critiqué. Soy indestructible, del dolor ajeno enemigo me alimento y de la sonrisa amiga me lleno. Qué fácil es ahora, matar esos sentimientos, reemplazarlos por los que yo quiero, imaginar lo que de verdad quiero sentir. Capaz es una ilusión, ¿qué no lo sé? Pero es la capacidad de la ilusión, la capacidad de imaginar, las que hacen posible que la mente gane al corazón.
Y es que hoy, como otro día de lluvia cualquiera, el agua se desliza lentamente por la ventana. La diferencia es que, en mi mente, ya no hay recuerdos. ¿Qué es lo que hay, entonces? Fácil. Triunfos.
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