A veces la ilusión por algo te invade de una manera sorprendente. Te despiertas riendo y te acuestas haciéndolo pues ese sentimiento, hecho realidad, puede dar paso a la felicidad. Pero tras ello hay un sentimiento oculto, oscuro, a la espera de que bajes la guardia para atacar: el miedo. Miedo a fallar, miedo al fracaso.
La ilusión antes mencionada está en la mayoría de los casos relacionado con alcanzar una meta. Ya puede ser cualquier cosa. Piensa en tu meta hecha realidad. ¿Qué sientes? Yo te lo digo: ilusión.
Pero lo malo de las metas es que, como dice la palabra, es el final de un recorrido duro y laborioso, sufrido y que debes forjarte tú. Míralo de otra manera, la oportunidad perfecta para que el miedo haga su aparición estelar.
Tú empiezas poco a poco, con esa ilusión, haciendo y superando los obstáculos que aparecen por el camino. Mientras la ilusión sigue presente, esta va creciendo al ver que la cosa prospera y además se unen unos cuantos sentimientos más: orgullo, satisfacción.
Pero ¿qué pasa cuando fallas, cuando cometes un error? Nada, sigues adelante, sabes que esas cosas podían pasar. Quizás no te esforzarte lo suficiente o cometiste algún tipo error, pero estás dispuesto a seguir adelante porque al final sabes que conseguirás lo que quieres. El problema llega cuando los errores se acumulan, los obstáculos ya no pueden saltarse y el miedo se va apoderando de ti.
Finalmente, caes. Caes roto en pedazos, totalmente destruido. La ilusión desaparece, la meta es algo lejano e inalcanzable. Te sientes inútil, rechazado por el hecho de que tú no vales lo mismo que ellos.
Tras palos y palos, acabas asumiendo que no es como te sientes sino que es así: eres inútil y eres rechazado porque no eres tan bueno como ellos. Después de esto, ¿qué se supone que deberías hacer?
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