sábado, 30 de junio de 2012

Gota a gota

Y en el silencio de las palabras, te das cuenta de la soledad en la que te sumerges. Miré la vela que había encendida de la mesa y me fijé como se consumía, como las gotitas de cera caían sobre el portavelas, líquidas, que solidificaban con el frío contacto del objeto. Quise comparar mi vida con la vela; el calor la consumía y derretía la cera. Como me pasó cuando estaba rodeada de gente, recibía el calor de personas queridas, oía continuamente el rumor de sus voces y risas. Me consumían la vida, que pasaba rápido sin darme cuenta entre carcajadas y algún que otro llanto. 

El tiempo siguió pasando, las voces y rumores se apagaron poco a poco. De forma gradual el frío y el silencio fueron rodeándome, haciendo sólidos los recuerdos de aquellos momentos que una vez fueron líquidos en mi mente, manejables, bellos y moldeables. Con el movimiento de las agujas del reloj de la vida, se enfiraron, quedándose sólo en recuerdos lejanos y cada vez más difusos. Las palabras que en aquellos momentos resonaban por todos lados, ahora sólo son leves ruidos en los recovecos de mi alma, intentando opacar el silencio. 
Tantas expresiones que debería haber callado y tantos pensamientos que tendría que haber escupido hacen de mi vela más duradera. No para que dure más con mucha luz, sino para que dure con remordimientos, puñaladas y lágrimas de cera. Pero mientras eso ocurre, lo único que debo hacer es esperar, esperar que el bufido de una suave brisa, la falta de oxígeno, apaguen la llama que cada vez brilla con menos fuerza y con menos luz. 

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