Mis manos se posaban en la valla, mis ojos en la extensión de tierra y monte que había tras ella y en las nubes de tormenta que empezaban a formarse. El aire era frío y me advertía de que era mejor que me fuese yendo a casa, de vuelta al pueblo. Aquel que estaba todo vallado para que nadie cruzara sus límites. Sentía un nudo en la garganta y, probablemente, pronto empezarían a brotar lágrimas de mis ojos las cuales se ocultarían tras las gotas de lluvia.
Lloraría de rabia y ansia. Mi único deseo era correr, sentir el barro bajo mis pies y sentir el cosquilleo de las hierbas altas en las palmas de mis manos. Pero no podía hacerlo, no podía cruzar los límites establecidos. Mis pies sólo notaban el tacto áspero de los calcetines enfundados en botas de goma, pisando asfalto. Sólo un ente férreo me separaba de la libertad, algo que podría tirar abajo con mis propias manos y que no podía. Éramos como animales de corral, acorralados en un corral muy grande. Ya no era sólo la presión de las autoridades y la sumisión del pueblo, era un castigo del creador, que no nos dio alas para poder salir volando, para buscar libertad.
Yo sólo quería correr, sentir el barro bajo mis pies y sentir el cosquilleo de las hierbas altas en las palmas de mis manos. Pero sólo lo quería por un instante, ¿tanto es pedir?
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