lunes, 17 de septiembre de 2012

La mirada tras las gafas

Era curioso el poder atractor que tenía para ella el espejo. Lo primero que hacía al levantarse, era mirarse en él, ahuecar al aire su larga melena miel y dejar que el sol entrante le cegara los ojos que debido a tan temprano cansancio ya eran llorosos, resaltando su color verde esmeralda. 
Había que reconocer que era hermosa, la envidia de muchas, pero pese a su afición presumida al espejo su personalidad no lo era; gozaba de taparse, pasar inadvertida. 

Aún era la típica chica con alma de niña princesa, que seguía creyendo que en algún lugar del planeta había una charca muy grande, repleta de sapos y que sólo uno aguardaba ser besado por ella y convertirse en su príncipe. 
Sabía que su belleza era lo que los hombres buscaban para pasar un buen rato, para jugar con los sentimientos y simplemente poder decir que tenían a su lado a una mujer bella y hermosa. 

Pero lo que tenía de bella, lo tenía de lista. Su manera de ocultarse era no mostrar nunca sus verdaderas facciones, llevaba siempre el pelo recogido, para que no se pudiera observar cuan lustroso era y siempre y quizás lo más importante de su disfraz, unas gafas de sol. 
Todos los días, iba al Starbucks de la calle Wellington, la misma que hacía esquina con Vermont. Se sentaba y tomaba un frapuccino con canela. Continuamente entraban y salían personas y ella tenía un único objetivo: encontrar al sapo.
Hablaba con los jóvenes, entablaba conversaciones, a veces de incluso horas, pero ella sólo buscaba una cosa: unos ojos que buscaran los suyos tras las gafas. Sólo así sabía que quien lo intentaba estaba interesado en ella, en conocerla de verdad y no buscaba lastimarla. Sólo buscando la mirada de alguien, demuestras que quieres ver más allá de lo que tus ojos ven a simple vista. Y sólo hay una manera de conseguirlo: intentando ver con amor, lo que hay oculto dentro de cada uno.

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