La Medalla de Honor es entregada por "Valentía e intripidez con riesgo de la propia vida, más allá del llamado del deber, estando en combate contra un enemigo de los Estados Unidos". Es muy difícil conseguirla y menos aún siguiendo con vida. Pero ahí estábamos nosotros, ahí estaba yo, la primera mujer que iba a recibirla.
Muchos creen, la mayoría, que es un gran orgullo que te la concedan. Te la otorgan por haber arriesgado la vida por tu país y ese sentimiento exaltado de patriotismo que tenemos los estadounidenses nos obliga a sentirnos así. Pero nos obligan a sentirnos así, para que la mentira perdure. Tras nuestras cabezas alzadas al cielo se encuentra un pasado de recuerdos de dolor, bombas, disparos y olor a muerte. En el ejército te preparan para matar y sobrevivir, pero no para la carga psicológica que ello trae tras de sí.
La gente cree que disparas a matar para que no te maten a ti. He tenido que matar a mujeres y niños sólo porque mis superiores me lo han ordenado. La gente cree que los soldados volvemos atrás para recoger a los caídos, pero yo he visto hombres dejando en el suelo de muerte a compañeros, amigos, y otros que con más "piedad" le han disparado un balazo en la cabeza para ahorrarle algo de sufrimiento.
Yo sí arriesgué mi vida para salvar la de un compañero, y otro soldado, dos pasos a mi izquierda ahora mismo, salvó la mía. Por eso estamos aquí. Los demás, quitando de otros dos, están dentro de ataúdes de madera de álamo, con la bandera de los Estados Unidos enzima de estos.
Tengo la cabeza en alto, esperando las palabras de mi coronel, esperando su permiso para irme a llorar, que es lo que llevo haciendo desde que volví de Vietnam y lo único que quiero hacer en ese momento, aún sabiendo que eso no me lo va a conceder.
- Coronel, pido permiso para retirarme.
- ¿Retirarse a unos minutos de recibir su condecoración, soldado?
- Sí, Coronel.
- No puede hacer eso, ofendería a los Estados Unidos.
No aguanto más y exploto.
- ¿No he hecho bastante ya por este país? He matado en su nombre, justificando que lo hacía por él, por mi patria y bandera. Y, ¿qué me da a mí a cambio? ¿Una condecoración, una medalla? ¿Cree mi país que con eso va a pagar todo el sufrimiento vivido, acallar el estruendo de cada gatillazo de mi francotiradora que aún me atormenta el sueños, la sangre, los llantos de niños hambrientos a cuyas cabezas fueron voladas porque gente como usted lo ordenó?
- Entonces, ¿para qué se alistó? Sabía lo que era una guerra, las quejas no existen aquí.
- Me alisté porque creía en el poder de las palabras paz, libertad y honor, pensando que serían tan verdaderas en la realidad como en el papel. Y de mí, jamás habrá escuchado una queja en Vietnam, pero ahora estoy aquí, un lugar al que ni siquiera puedo llamar hogar porque no quiero pensar que me arropa cada noche con un manto de mentira y patriótica falsedad. Conseguir la paz con la guerra no tiene sentido, no podemos pretender nuestra libertad aprisionando a aquellos que luchan por lo mismo que nosotros en nuestra contra y no podemos llamar honor a quitar una vida que dios dio. Engañe a cuantos más quiera, a generaciones futuras, si es que queda aún algo por matar.
- Siempre queda algo por matar.
No espero a su permiso ni contesto a su respuesta, me retiro a encerrarme en mí misma, el único lugar en el que las palabras que acabo de pronunciar toman un verdadero sentido y no son ignoradas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario