Estaba sentada en el
baño. De haber entrado antes, le habría visto del modo que nunca
antes me había atrevido a verle. Llevaba una toalla, acababa de
salir de la ducha y estaba peinándose. Se le veía triste, más de
lo que nunca imaginé que le vería. Se movía de un lado a otro,
como perdido en un lugar que conocía demasiado bien pero que sentía
que algo lo había movido todo de sitio.
Bajé la cabeza y miré
mis manos. Estaba mucho más pálida de lo normal y llevaba un
vestido blanco, un poco más bajo de las rodillas. Me levanté y me
puse tras él, pero Nathan seguía sin darse cuenta de que estaba
ahí. Probablemente, si yo no supiera que era yo misma, tampoco me
habría dado cuenta. Quizás porque yo siempre he sido más bajita
que él, quizás porque aunque buscase mi reflejo en el espejo, no lo
veía.
Le toqué el brazo, como
sin con eso consiguiera llamarle la atención, pero él lo único que
hizo fue apartar un poco el brazo y acariciar el trozo que yo había
tocado. Seguramente lo que sintió fue frío, porque tras ello miró
hacia la ventanilla pequeña que había al lado de la ducha y la
cerró. Sentía ganas de abrazarle, pero si lo hacía probablemente
lo único que sentiría sería frío.
Le seguí hasta su
cuarto. Encima de la cama había unos vaqueros y una camisa negra. Se
sentó en la cama con la cabeza gacha y empezó a llorar. Miré
alrededor y todo aquello que era mío o que pudiera recordarle a mí
estaba en cajas o en la papelera de al lado de su escritorio, salvo
un marco que había en su mesa de noche. Ahí estaba yo, en esa foto,
sonriente, abrazada a él. Recuerdo aquel día porque hacía mucho
viento y eso a él le encantaba; disfrutaba viendo mi larga y ceniza
melena moverse en contra de mi voluntad (pues yo lo odiaba, siempre
la quería quieta y pegada a mi cara).
Probablemente ese marco
era lo único que su madre le dejó conservar de mí. No quería que
su hijo pasara un largo período de tiempo llorando algo lo cual ya
no tenía sentido.
No aguantaba la
situación, así que me fui a mi casa, aunque probablemente allí
sería peor. Y no me equivocaba. En el salón estaban mi padre y mi
hermana con su marido y su hija de seis meses. Lo único que se oía
era el llanto de la niña, que nadie se molestaba en calmar. Mi padre
tenía los ojos rojos e hinchados y los de mi hermana estaban
apagados; ya no quedaba nada de aquel color verde que tanto había
envidado siempre. Su marido, casualmente hermano de Nathan
simplemente se mantenía en silencio. Aunque no habíamos entablado
nunca mucha relación, me tenía estima sólo por el simple hecho de
ser quien era para los suyos.
Si algo sentía en ese
momento era culpabilidad y lo sentía con más ímpetu que en cuerpo
carnal. Quizás si hubiera estado más atenta, quizás si hubiera
sabido dejar a parte todos mis problemas y me hubiera centrado más
en la carretera, húmeda por el calor de los tubos de escape pero en
la cual cada vez se volvía a formar más rápido el hielo, podría
haber vuelto a casa, haberle mandado un mensaje a Nathan diciéndole
lo gilipollas que era y esperar a que el día siguiente arregláramos
las cosas.
Podría haber estado de
mal humor aquella noche, no haber hablado nada en la cena y aceptar
que acabaría contándole todo a mi padre después de que este
insistiera tantas veces. Hubiera subido a mi habitación, habría
disfrutado haciendo los deberes de química y matemáticas mientras
detestaba hacer los de lengua. Me habría metido en la cama con el
iPod en marcha y hubiera escuchado todas las canciones de Lana del
Rey hasta que me hubiera dormido, empezando por Born to Die, y
al día siguiente me habría despertado la canción que siempre
pasaría porque nunca la quería escuchar pero que nunca borré.
Dios, siempre había detestado esa canción de Russian Red que nunca
recuerdo el nombre
Pero nada de eso pasaría.
Ahora, a la culpabilidad se añade la incertidumbre de por qué sigo
aquí y por qué nadie puede verme.
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