lunes, 31 de diciembre de 2012

Born to die


Estaba sentada en el baño. De haber entrado antes, le habría visto del modo que nunca antes me había atrevido a verle. Llevaba una toalla, acababa de salir de la ducha y estaba peinándose. Se le veía triste, más de lo que nunca imaginé que le vería. Se movía de un lado a otro, como perdido en un lugar que conocía demasiado bien pero que sentía que algo lo había movido todo de sitio.

Bajé la cabeza y miré mis manos. Estaba mucho más pálida de lo normal y llevaba un vestido blanco, un poco más bajo de las rodillas. Me levanté y me puse tras él, pero Nathan seguía sin darse cuenta de que estaba ahí. Probablemente, si yo no supiera que era yo misma, tampoco me habría dado cuenta. Quizás porque yo siempre he sido más bajita que él, quizás porque aunque buscase mi reflejo en el espejo, no lo veía.

Le toqué el brazo, como sin con eso consiguiera llamarle la atención, pero él lo único que hizo fue apartar un poco el brazo y acariciar el trozo que yo había tocado. Seguramente lo que sintió fue frío, porque tras ello miró hacia la ventanilla pequeña que había al lado de la ducha y la cerró. Sentía ganas de abrazarle, pero si lo hacía probablemente lo único que sentiría sería frío.

Le seguí hasta su cuarto. Encima de la cama había unos vaqueros y una camisa negra. Se sentó en la cama con la cabeza gacha y empezó a llorar. Miré alrededor y todo aquello que era mío o que pudiera recordarle a mí estaba en cajas o en la papelera de al lado de su escritorio, salvo un marco que había en su mesa de noche. Ahí estaba yo, en esa foto, sonriente, abrazada a él. Recuerdo aquel día porque hacía mucho viento y eso a él le encantaba; disfrutaba viendo mi larga y ceniza melena moverse en contra de mi voluntad (pues yo lo odiaba, siempre la quería quieta y pegada a mi cara).
Probablemente ese marco era lo único que su madre le dejó conservar de mí. No quería que su hijo pasara un largo período de tiempo llorando algo lo cual ya no tenía sentido.

No aguantaba la situación, así que me fui a mi casa, aunque probablemente allí sería peor. Y no me equivocaba. En el salón estaban mi padre y mi hermana con su marido y su hija de seis meses. Lo único que se oía era el llanto de la niña, que nadie se molestaba en calmar. Mi padre tenía los ojos rojos e hinchados y los de mi hermana estaban apagados; ya no quedaba nada de aquel color verde que tanto había envidado siempre. Su marido, casualmente hermano de Nathan simplemente se mantenía en silencio. Aunque no habíamos entablado nunca mucha relación, me tenía estima sólo por el simple hecho de ser quien era para los suyos.

Si algo sentía en ese momento era culpabilidad y lo sentía con más ímpetu que en cuerpo carnal. Quizás si hubiera estado más atenta, quizás si hubiera sabido dejar a parte todos mis problemas y me hubiera centrado más en la carretera, húmeda por el calor de los tubos de escape pero en la cual cada vez se volvía a formar más rápido el hielo, podría haber vuelto a casa, haberle mandado un mensaje a Nathan diciéndole lo gilipollas que era y esperar a que el día siguiente arregláramos las cosas.
Podría haber estado de mal humor aquella noche, no haber hablado nada en la cena y aceptar que acabaría contándole todo a mi padre después de que este insistiera tantas veces. Hubiera subido a mi habitación, habría disfrutado haciendo los deberes de química y matemáticas mientras detestaba hacer los de lengua. Me habría metido en la cama con el iPod en marcha y hubiera escuchado todas las canciones de Lana del Rey hasta que me hubiera dormido, empezando por Born to Die, y al día siguiente me habría despertado la canción que siempre pasaría porque nunca la quería escuchar pero que nunca borré. Dios, siempre había detestado esa canción de Russian Red que nunca recuerdo el nombre

Pero nada de eso pasaría. Ahora, a la culpabilidad se añade la incertidumbre de por qué sigo aquí y por qué nadie puede verme.  

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