sábado, 14 de enero de 2012

Ya no recordaba lo que era el frío hasta que estos días la obligación me hacía salir de mi casa. El aire atizante, punzante y doloroso en mis mejillas hace que me acabe de despertar. Aún involuntariamente mis piernas se encaminan hacia otro día que me llevará a una monótona rutina. Siempre pienso lo mismo al salir por la puerta: ¿qué estoy haciendo?, ¿Tiene algún fin certero?, ¿Vale la pena?
Se me vienen a la memoria las lágrimas derramadas como mi única respuesta hacia la impotencia. Impotencia de ver que todo lo que he trabajado, luchado y sembrado, no ha dado los frutos que esperaba. Sé que para que mis sueños se cumplan la base es realizar lo que estoy haciendo, pero me vuelvo a preguntar ¿vale la pena?
Entonces pienso en los tres siguientes meses, noventa días haciendo lo mismo una y otra vez y eso me llevará a una nueva depresión. No hay tiempo para respirar, no hay tiempo para descansar, no hay tiempo para ti. Sólo tiempo para libros, trabajos y no soltar el bolígrafo. Mi mano se entumece y sé que si la descanso luego no tendrá fuerzas para coger de nuevo el lápiz. La papelera está llena de papeles casi vacíos, borradores y cosas en sucio, bolígrafos gastados y restos de sacar punta. El aroma a tipp-ex rompe con el antiguo aroma a laca de uñas y ambientador de coco. Todo para recordarme que estoy haciendo.

Todos coincidimos que en esta vida lo último que hay que hacer es rendirse, que quien quiere algo, si se esfuerza, lo acaba consiguiendo. Todos estamos de acuerdo que hay que luchar para conseguir tus objetivos pero, ¿qué pasa cuando tus objetivos luchan contra ti?

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