Yo era de esas que apostaban que los sueños eran cosas que todos ansiábamos, pero que sin un fundamento real, no podían hacerse realidad. Cuando algo era imposible decíamos que estaba hecho del mismo material del que están hecho los sueños y que jamás ocurriría. Era magia y todos sabemos que la magia no existe y los sueños eran sueños por eso: porque eran mágicos.
Cuando yo era pequeña, tenía un objetivo de futuro muy diferente del resto de las niñas de mi edad. Cuando todas querían ser princesas, yo quería ser astronauta. Cuando todas querían ser peluqueras, yo quería ser abogada. Cuando a lo que querían dedicarse era a ser profesora, yo quería ser juez. Mientras ellas se daban cuenta de que sus elecciones eran tontas, yo tenía claro que quería ser antropóloga forense. Ahora, ha llegado el momento de decidir lo que queremos ser de verdad y mientras la gran mayoría aún tiene dudas sobre qué hacer yo tengo muy claros mis objetivos, lo que quiero.
Uno de mis sueños era estudiar una carrera en la universidad, una carrera que de verdad me gustase y sintiese pasión por estudiarla sin embargo, era algo que veía muy, muy lejos y muchas veces imposible. Hasta hoy. Antes que nada, no, aún me queda un año y medio para acceder a ese grado de estudios pero hoy visité una de mis opciones de estudio y fue estando ahí dentro cuando me di cuenta que parte de mi gran sueño se había cumplido: estaba dentro, orientándome sobre lo que puedo hacer, sobre el ambiente que me voy a encontrar. Y lo más importante, dándome cuenta que dieciséis años de esfuerzo han retomado en un instante sentido y me han recordado por qué sigo con ello.
Hoy, me he dado cuenta de que por muy tonto que le parezca a la mayoría, uno de mis grandes sueños (que no son muchos) es ese y he comprendido que sí, que los sueños, pueden hacerse realidad.
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