Y en aquel momento, juro que éramos infinitos. Sólo era tu mano y la mía frente a la multitud. Sólo era tu boca o la mía frente a la soledad de aquel bar. Eran solamente tus ojos posados en los míos frente a todos los demás que observaban de soslayo desde aquella esquina. Eran tus brazos rodeando mi cintura, mi cabeza posada en tu pecho y la suave melodía de Coldplay sonando de fondo. Era la la curvatura de tu boca, la más perfecta, esbozando la sonrisa más bella que había visto, curando cualquiera de mis males. Era tu aroma a hierba cortada que me inspiraba siempre tranquilidad. Era estar contigo y sentirme protegida de cualquier mal. Era imaginarme tu voz y ponérseme la piel de gallina. Era tu cuerpo desnudo junto al mío y no tener miedo a nada, como si el pecado carnal fuera la más dulce tentación, la más sabrosa manzana de Eva. Y es que en aquel momento, juro que éramos infinitos.

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