Un campaneo lejano marcaba las tres de la mañana. Pese a ser lejano, el estruendo que produjeron los tres toques del reloj del campus sobresaltaron a Sharon, casi sumida en lágrimas por la desesperación ante aquella integral por partes que le resultaba imposible. A las dos había conseguido integrar la integral segunda a partir de la primera. A las tres conseguía resolver la integral tercera a partir de la segunda y observaba que había una cuarta. Temía el no haber terminado la integral para cuando el reloj volviera a sonar, esta vez marcando las cuatro. Irremediablemente rompió a llorar. El examen de matemáticas era en dos días y este no duraba más de hora y media, como mucho dos horas. ¿Cómo iba a ser capaz de resolver un examen con más de diez integrales si ya una le era casi imposible? Además estaba agotada y a primera hora tenía clase de química analítica y para entender aquello, debía estar bien despierta.
Se tumbó en la cama pero no hubo manera de dormir. Las manos le temblaban tanto que estaba segura de que si cogía algo se le caería irremediablemente; estaba demasiado nerviosa como para conciliar el sueño. Se levantó y tomó uno de sus tranquilizantes del pastillero y buscó alguna fuente de H2O, pero ya no quedaba nada en la botella. Al principio se sorprendía cuando ya no utilizaba la nomenclatura tradicional para referirse al agua pero ya era una costumbre entre todos los miembros de su grado y sólo utilizaban la palabra cuando un ejercicio lo requería, que era en pocas ocasiones.
Salió de su habitación y se dirigió hacia el baño. El pasillo de la residencia estaba sumido en total silencio, un silencio que incluso asustaba aunque ella sabía que más de la mitad de los alumnos no dormían. Muchas de las habitaciones por las que pasaba veía luces encendidas, se escuchaban ruidos lejanos, muy lejanos de gente tirando los libros al suelo por desesperación, otros eran los muelles de la gente que se acostaba y de los que se levantaban para estudiar pues habían decidido hacer lo contrario que los demás. Pero todo aquello quedaba lejano, muy lejano y para ella el pasillo seguía sumido en silencio.
Llegó al cuarto de baño y prendió la luz. El habitáculo olía a oxoclorato de sodio (también conocido como lejía). Se acercó al lavabo y rellenó la botella. Cuando terminó pegó un trago e ingirió el tranquilizante. Para cuando salía del baño, el reloj marcaba las tres y media.
Una vez ya en su habitación se tumbó y sin darse cuenta, calló en manos de Morfeo en menos de cinco minutos. Pero el despertador sonaba demasiado pronto y no era capaz de levantarse aunque finalmente lo consiguió. Bajó rápidamente al comedor y desayunó en silencio al igual que todos sus compañeros. No había tensión en el ambiente pero tampoco ambiente jolgorioso: lo único que se vivía en aquel comedor era ansiedad, estrés.
Las clases transcurrieron normal. Los apuntes de química analítica cada vez crecían más y Sharon entendía menos. A media mañana tenía hora libre, justo cuando el reloj hacía sonar las once y media. Aquella estructura contadora de tiempo la tenía cada vez más inquieta. A simple vista parecía un simple reloj antiguo, típico, aquel que te esperas ver en cualquier campus británico pero para Sharon escondía algo. Sabía que era absurdo pero ella así lo sentía, desde el momento que entró a vivir allí seis meses atrás. El caso es que ella ignoraba que no le faltaba razón y que pronto ella se vería involucrada.
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