domingo, 20 de enero de 2013

Miro el reloj y con la mirada le ruego que sólo me dé unas horas más. Que alargue el día para mí, o la noche. Que me dé un poco más de tiempo, sólo esta vez. Unos cientos de segundos más para que pueda acabar de estudiar la montaña de hojas y que luego me quede tiempo para observar mi rostro en el espejo; un rostro que cada día se demacra más, con ojeras cada vez más grandes y visibles a la vez que más difíciles de ocultar con maquillaje. Que me dé un poquito de tiempo a respirar, a sentarme en el sofá y llorar. "Todo esfuerzo tiene su recompensa", pero nadie dijo que el esfuerzo pudiera matarte. Y no es un esfuerzo de levantar rocas, de ir arriba y abajo todo el día, es un esfuerzo molesto e incluso más agotador, de pasarse horas y horas delante de libros hasta el punto de que la mente se satura. Esfuerzos en los que te propones a ti misma "media hora por página" y acaba siendo hora y diez. Esfuerzo de estudiarte un tema en seis horas para que a la hora siguiente ya no quede más que sombras difusas del "transporte activo" o la "exocitosis mediada por receptor". 

Añoro tumbarme en la cama a leer un buen libro, a escuchar música o, simplemente, estar ahí. Echo de menos sentarme delante del ordenador y que mi mente sea capaz de crear historias que son maravillosas para mí, pero ya no puedo, porque el reloj parece no escucharme y mi mente está demasiado saturada. Tengo ganas de poder decir un fin de semana "no tengo nada que hacer" y dedicarme de nuevo a hacerme fotos como si en ello me fuese la vida para luego llorar porque más de la mitad son horrendas. Echo en falta eso de irme un sábado noche y beber vodka hasta que el hígado me arde y acostarme con la sensación de mareo sabiendo que al día siguiente podré dormir lo que quiera porque no tengo nada que hacer. Echo de menos tantas cosas que parece que no van a volver... y en teoría, deben volver pasados seis meses, si es que luego sigo con vida.

Cierto es que esto es el camino que yo he elegido, que la gente sólo me ha aconsejado pero que soy yo la que ha decidido. Pero nadie dijo que estudiar era sinónimo de muerte celular. Sí, muerte celular, porque mis neuronas ya no retienen más. Y todo ello, porque el reloj no me concedió si quiera unos segundos más.

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