"El 2013 será mi año" pensé para mí misma cuando tragué la última campanada y grité las horas siguientes cuando el alcohol ya hacía su efecto. Por primera vez en la vida, afirmaba con rotundidad y con un clarísimo positivismo algo. Quizás porque era un número que incluía el 13, el cual siempre he considerado mío (ya sea porque desde que tengo uso de razón me ha gustado ir contra corriente o porque de verdad siento cierta afinidad hacia ese número) o porque sabía que este año, fuere bueno o malo, acontecía cosas importantes.
Los primeros seis meses fueron de un sufrimiento dulce. Me explico: podrían resumirse en mi persona levantándose a las siete de la mañana (o dos de la madrugada) estudiando, estudiando y estudiando. Mi vida social era nula, a unas reducidas conversaciones por whatsapp y algún que otro sábado por la tarde. Pero disfrutaba ver como mi esfuerzo tenía sus recompensas (a excepción de matemáticas, como no) y de que cada menos faltaba menos para mi primera meta vital.
Pero de esos meses también rescato buenos momentos como los que pasé en fallas, un maravilloso viaje a Madrid y mi fiesta sorpresa de los 18.
Pero al sexto mes, junio, llegaba lo que nos se podía evitar: selectividad. Siempre que me recuerdan esas dos semanas, muchos están de acuerdo conmigo cuando digo que las podría sacar del calendario y ponerlas a parte; las dos semanas más raras de mi vida. Pero valieron la pena, ¡miradme! soy universitaria.
Llegó el verano, del cuál sólo rescato cosas buenas. Un viaje inolvidable a Mallorca, un viaje a Parcent en el que viví las cosas más paranormales que creo que viviré. Unas fiestas del pueblo en las que conocí gente, entre ellas una personita que ahora es muy importante para mí, aunque me haya costado cuatro meses darme cuenta.
También viví un reencuentro que maldigo y me salió caro, pero qué se le va a hacer, de los mayores errores se aprende y el año tenía que tener algo en lo que fallar.
Empezar la universidad me supuso un giro de ciento ochenta grados, me hizo madurar rápido y darme cuenta que de verdad, las cosas, cuestan más trabajo del que creía. Enamorarme de un retrasado hizo que durante un tiempo, llegase a pensar que este año se iba a la mierda, pero ello me hizo madurar y aprender ciertas cosas que a día de hoy puedo usar en mi actual relación, con un chico que la mayor parte del tiempo creo no merecer (y el cual me apena mucho que no esté a mi lado en esta última noche).
Para culminar (lo sé, este año ha sido un resumen muy corto, pero no por ello un año menos intenso) pedir al destino que me siga conservando a todas las personas que me rodean, que son muy importantes. Seguir conservando a mi familia, a mis amigos, a mis nuevos amigos de la universidad y a mi pareja.
Como propósitos, bueno, supongo que lo que se suele decir todos los años. Sólo espero un año 2014 igual o mejor que 2013.
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