jueves, 4 de abril de 2013

(I)

Lo más increíble de todo es que no le daba importancia. Amaba un ser salvaje, brutal y hermoso. Cada moment era como acercarme al abismo, a la boca de un volcán en erupción, era como encontrarme en el filo de la navaja con el peligro de caer hacia atrás y rebanarme el alma en dos. Temía sus besos por el ardor que podían producir en mis labios secos y sedientos, por la calor que su furia emanaba, pero que a la vez necesitaba. Dejé todo atrás a causa de llevarme por sus placeres y obsesiones que a la vez me colmaban y me hacían alcanzar un clímax del que me aterraba la idea de no volver nunca de él o, peor aún, de no volver a sentir ese frenesí. 

Lo más increíble de todo es que no le daba importancia al hecho de que me destrozaba por dentro y por fuera, de que incluso a veces no fuera más que un juguete con el que ansiar su sed de poder, rabia y pasión, porque nunca pude encontrar nada de amor en ello. Nunca supe lo que es ir dando palos de ciego pues siempre me guié de sus pasos, acataba sus órdenes y aceptaba sus castigos. 

Pero ante todo, a lo único que le dí importancia, es que me enseñó a sobrevivir a sus condiciones. Si tenía hambre, me enseñó que podía matar para conseguir saciarla, que si tenía sed tenía que ser capaz de beberme un oasis de un solo trago. Me enseñó incluso a reprimir el sueño pues es signo de debilidad ante el peligro.

Hubo una vez que me cansé de todo, incluso pensé que era demasiado tarde, pero intenté huir. Y fue cuando me di realmente cuenta de que la única salida, el único modo de correr lejos de la vida, es la muerte, pero el miedo a sufrir un poco más no me permitió acceder a otro mundo totalmente desconocido. 

Dicen que quitarse la vida es de cobardes pero yo les contesto: ¿es a caso de valientes permitir que todo nos rija aunque lo neguemos o es simplemente una sodomización voluntaria? ¿Qué nos ata realmente a vivir? O, la pregunta más simple y compleja, ¿por qué?

No hay comentarios:

Publicar un comentario