martes, 2 de abril de 2013

Y con el tiempo me di cuenta que todo esfuerzo era en vano. Veía a mi alrededor la gente caer como fichas de dominó, peones de un tablero de ajedrez que luchaban por un salvar a un rey desconocido. Y con cada uno que caía se hacía más evidente que yo caía con ellos. Si no era capaz de salvarme a mi misma, ¿cómo iba a hacerlo con los demás? Sufría más por ver un corte superficial en sus pieles que por ver mi sangre huir de mis arterias y mi cuerpo hacia el exterior. Cada movimiento y paso que daba lo hacía con la intención de salvar a alguien, pero no había modo. Y no fue hasta que yacía yo en el suelo, inmóvil y sin apenas aliento, cuando comprendí que a la única que debía haber salvado desde un principio era a mí, y ya ni si quiera mi cuerpo, sino mi alma. Y es aquí cuando digo e intento hacer comprender de que nosotros no podemos salvar a los demás, simplemente debemos limitarnos a amarlos. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario